El acoso

Uno escribe desde lo que imagina y muchas veces, para lo que anhela. Escribir es un intento de darle forma a la realidad y retomar, desde el acto creativo, un poco de control frente a la vida cuando nos pasa alegremente por encima. Es por eso que no es fácil escapar de los temas comunes, los tópicos que salen más baratos en cuanto son los más exhuberantes para explorar y explotar todos los recursos estéticos y literarios conocidos: deseos, pasiones, sueños, miedos, o sea, lo que domina al ser humano y su cerebro primordialmente reptil. Hoy quise escribir de lo que son las falsas creencias en torno al acoso (sí, en un blog de poesía ¿y qué? la administración hoy decreta, pese a las escasas visitas, pasarse por la raja la uniniformidad textual obligatoria y la monotemática del contenido web y las redes). Y si bien es algo menos etéreo y llamativo que el desnucadero de poemas y palabras rimbombantes que preceden esta entrada, yo digo que en la variedad está el placer y a veces hace falta hablar sin tantas vueltas de lo que no es tan popular. Además, existe otra muy contundente razón para esto y es que no me es ajeno el tema, es más, lo he vivido y me ha dejado grandes lecciones, como por ejemplo, apreciar y amar con más fuerza a las personas que con hechos han demostrado ser incondicionales a lo largo de mi vida: amigos, amigas, familia. Le dedico esta entrada a las dos personas que me apoyaron siempre cuando atravesé estos eventos e incluso me ayudaron a revelar la identidad del ente acosador.

CR, te doy infinitas gracias por estar ahi.

BV, gracias a ti, porque además de todo lo anterior fuiste coautora de lo que sigue abajo.

Sin más que decir.

Acoso para dummies

Del acoso se dicen muchas cosas. Por ejemplo, que es un abuso sostenido con el fin de perturbar a una persona. Se dice que la mayoría de los casos obedecen a un subtipo de «violencia juvenil», aunque ya haya sido categorizado también dentro de otros campos como el laboral (mobbing), sexual, físico (stalking) o incluso inmobiliario. Se dice que sus perpetradores son sujetos que sufren de diversos desórdenes mentales y trastornos de la personalidad. Y se dice que ha incrementado exponencialmente con el transcurso de la pandemia. Todo lo anterior es cierto, pero pareciera presentarse como una realidad lejana. ¿A qué me refiero? Si trato de pensar como lo pensaría cualquier lector ajeno al tema, podría citar:

«eso es más que todo de los colegios, pero como yo no tengo hijos, no me afecta. Antes a uno lo molestaban o fastidiaba a otros y nadie jodia, pero ahora con estos millenniamsss y esos «generación de cristal» se quejan por cualquier pendejada».

«Yo siempre me llevo bien con todo el mundo, incluyendo a mis compañeros de trabajo, vecinos y ex parejas. Nadie tendría por qué meterse conmigo. Esa gente que se victimiza simplemente son inhábiles sociales que no supieron poner límites».»Eso solo le pasa a los débiles de mente. A mi nadie me molesta porque no le debo nada a nadie».

«Conozco a alguien a quien acosan pero eso mejor no meterse. Fijo quién sabe a quién le quitó el novio o seguramente está endeudado y tenga».

«Yo selecciono muy bien a las personas que me rodean. Los acosadores son enfermos mentales y yo no frecuento gente de ese tipo».

«Los acosados por lo general son las mujeres, los negros, los gays o los discapacitados, a mí no me importa porque no soy nada de eso».

Y así, podría continuar citando casos así. Una postura cómoda es mostrarse al margen de un problema, porque nos sentimos inalcanzables desde el oscuro y cálido rincón de la ignorancia y la falta de empatía. Pero la idea no es juzgar. A todos nos gusta la comodidad y la seguridad, ¿por qué no mantenernos ahí? Al final de cuentas no es culpa de nadie haber nacido en una sociedad que nos siembra desde la infancia ciertos ideales y fantasías por alcanzar y además, cada quién busca proteger sus intereses. Sin embargo, lo que sí está bajo nuestra responsabilidad es hacer uso de estos dones maravillosos que fueron dotados al ser humano como lo son el discernimiento para saber que estamos en la cueva de esa ignorancia, la curiosidad para avanzar y buscar una salida y el raciocinio para poder entender qué hay más allá al librarnos de ella.

El hecho de mantenerse al margen no sólo obedece a la búsqueda natural de la seguridad y la comodidad, el problema también se alimenta desde dinámicas impuestas. Es fácil heredar una postura neutra hacia los problemas sociales desde el individualismo y la apatía, visiones nutridas a gran escala por un sistema económico capitalista para el cual es más oportuno quebrar la colectividad y el valor intrínseco de la conexión humana. Estas fricciones a su vez resultan en vacíos psicológicos que fomentan el impulso del consumo desmedido que da soporte a ese macrosistema. Ya lo decía Galeano en La cultura del envase. En este aspecto, el que acosa lo hace porque padece una violencia interna que le hace sufrir un trauma que necesita desbocar a toda costa, mientras los testigos indiferentes siguen la máxima del «sálvense quien pueda» obedeciendo los viejos paradigmas que han calado en el pensamiento de generaciones.

Si alguien se sintió identificado al leer las posturas anteriormente descritas, ¿quién soy yo para juzgar? Eso sí, les extiendo una cordial invitación a que sigan leyendo, no solo este texto sino muchas otras y mejores fuentes de información y relatos de personas que han vivido lo que es ser acosado. No solo para saber por saber, sino para aprender a ejercitar un poco el eso que llaman empatía.

Pero, ¿por qué sentir empatía por una víctima de acoso? Dice la RAE que la empatía es la «capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos». Los sentimientos y emociones del acosado no pueden ser otra cosa que miedo, intimidación, apatía, por citar los más básicos. ¿Quién quiere compartir eso? No muchas personas están listas para conversaciones desagradables, pero, si hacemos un giro narrativo podríamos disolver con facilidad la «otredad» del acosado con respecto a la persona que observa o es testigo indiferente de ese acoso:

«Eso es más que todo de los colegios, pero como yo no tengo hijos, no me afecta. Antes a uno lo molestaban o fastidiaba a otros y nadie jodia, pero ahora con estos millenniamsss y esos generación de cristal se quejan por cualquier pendejada»

Realidad: los adultos también sufren de acoso como lo dije más arriba. Esta persona también puede ser una víctima de acoso cibernético combinado con acoso psicológico, o laboral, o sexual, por mencionar algunos. Posdata: Antes la esclavitud y la tortura eran decretadas por ley. A buen entendedor…

«Yo siempre me llevo bien con todo el mundo, incluyendo a mis compañeros de trabajo, vecinos y ex parejas. Nadie tendría por qué meterse conmigo. Esa gente que se victimiza simplemente son inhábiles sociales que no supieron poner límites».

Realidad: En esta postura hay dos errores. El primero es asumir que el ser «buena persona» en sus círculos sociales es una garantía de que nadie jamás en la vida le acosaría. Además, medirse y medir en una escala moral universal es demasiado subjetivo como para ser realista para todos. El individuo que cuenta con una autoimagen exponencialmente positiva o es una influencia de poder en su grupo podría representar una amenaza para el estatus o intereses personales de otro, incluso sin siquiera buscar serlo. El segundo error es menospreciar y culpabilizar las víctimas de acoso, cuando este sujeto también podría ser acosado, por ejemplo, por un superior que lo perciba como rival y utilice armas de destrucción para intimidar y preservar su posición. O un vecino con problemas mentales puede obsesionarse y espiarlo sin que se de cuenta y extorsionarlo con vídeos o información privilegiada. Para el acosador no importa si su víctima cuenta con una reputación ya establecida dentro del grupo, o si es buen vecino, o si es amable con los demás, de hecho, sería conveniente que tuviese esa aceptación, una imagen que dañar, pues ese es su fin: devastarla a toda costa y ocasionar el mayor perjuicio posible.

«Eso solo le pasa a los débiles de mente. A mi nadie me molesta porque no le debo nada a nadie»

Realidad: Tampoco hace falta incurrir en deudas morales o materiales con otra persona para justificar un acoso. Esta persona podría bien ser víctima de acoso por parte de alguna ex-pareja producto de una relación de sumisión y dependencia emocional o un cercano (como un familiar) con complejo de inferioridad (probablemente fomentado por la preferencia filial de un hijo ante el otro).

«Conozco a alguien. Es un amigo al que acosan todo el tiempo pero eso mejor no meterse. Fijo quién sabe a quién le quitó el novio o seguramente está endeudado y tenga».

Realidad: El acosado debería cambiar de amigos (jaja). Pero lejos de cualquier chiste, a veces los seres más próximos en quienes más se confía pueden llegar a mostrar indolencia y juicios erróneos hacia la víctima. Como en este caso, en el que la víctima tiene la culpa o lo merece en cierto modo.

«Yo selecciono muy bien a las personas que me rodean. Los acosadores son enfermos mentales y yo no frecuento gente de ese tipo».

Realidad: De nuevo, la imagen que tenemos de nosotros mismos nos hunde enespejismos y de manera inadvertida, nos coloca una venda difícil de quitar. Creemos que nuestras elecciones no pueden estar sujetas a cuestionamientos y que siempre seleccionamos bien a los que nos rodean, cuando es fácil caer en el error de pensar que una persona es «de bien» por el hecho de conocerla a partir de una referencia confiable o un entorno de bajo riesgo (ej. Trabajo) y que por eso ya están exentos de ser acosadores o padecer trastornos mentales que ellos mismos pueden desconocer. Con frecuencia los acosadores empeñan todo su esfuerzo en evitar ser descubiertos, de tal manera que a veces es difícil saber que somos víctimas de su abuso y comportamiento. Por eso existen artículos como este. Además, las relaciones humanas no pueden ser estáticas e indefinidas (por ejemplo, como lo promete la monogamia, pero ese ya es otro tema) y ciertos vínculos, sea de amistad, de negocios, familiares o etc., están condenadas al fracaso incluso desde que empiezan por diversas circunstancias, de modo que algunos conocidos con quienes se cortaron esos lazos podrían quedar con asuntos no resueltos o revivir traumas postraumáticos de abandono o rechazo propios que podrían canalizar en otro y ocasionar un abuso sistemático y lesivo sin haberlo propiciado de ninguna manera. Y ese «otro» o víctima podría ser cualquiera con «muy buenos amigos».

«Los acosados por lo general son las mujeres, los negros, los gays o los discapacitados, a mí no me importa porque no soy nada de eso».

Realidad: El acto de apartarse de un problema desde un privilegio (como lo es el no hacer parte de alguna minoría o población vulnerable) tampoco resguarda al sujeto de su deber social y moral que lo obliga a conocer y respetar los derechos de dichos grupos, incluyendo el derecho a la honra y el buen nombre. Y otra vez, este mismo sujeto también podría ser víctima de acoso por las razones anteriores, tal como los grupos que discrimina.

En fin, hay mucha tela por cortar aún pero el entendimiento de una situación desagradable que se ha vivido es liberador, por más pequeño o incipiente que este sea. Y en relato de lo que son puntos de vista y su deconstrucción me puedo ver incluso cuando erré al sentirme culpable, al pensar que yo provoqué que me molestaran y que hasta merecía los insultos, la denigración y la hipervigilancia constante en redes por parte de un tercero que no tenía mucho que hacer con sus cosas y optó por ocuparlo en eso, observando, injuriando, acosando. De ahí nació mi interés por intentar comprender cómo piensa y qué mejor punto de partida que aquellas creencias falsas de las que tanto se apoyan esas personas para normalizar esos comportamientos entre parejas, amigos, colegas y familiares. Finalizo reconociendo que me he quitado un peso enorme de encima al ponerlo en caracteres aquí, en esta pantalla, en este canal, al que tanto amo ponerle letras.

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