se viaja sabroso, me gusta mirar por la ventana (siempre me pido el puesto de la ventana) y descubrir formas y manchas de colores en el horizonte. Aunque tambien es cierto que a veces, por algún azar, agacho un poco la cabeza y me detengo a mirar el asfalto y las líneas amarillas pintadas infinitas en el pavimento: me fascina la distorsión que provoca la velocidad en lo que puedo ver del suelo. Y como por meras ansias locas de ver la materia que se funde falsamente ante mis ojos me dan ganas de parpadear y, a veces, consigo capturar por una milésima de segundo en mi memoria una imagen estática, como una fotografía que se deshace inmediatamente en mi cabeza y que es un poco menos efímera si es un día soleado. Entonces, al llegar al destino, siento algo de lástima por las piedritas que se quedan en el camino porque pues el carro sigue rápido y no me las puedo guardar en el bolsillo, así como lo que pasa con la gente que no volvemos a ver. Aunque las piedritas sean solo algo en el camino y algunas personas estén destinadas para reposar tranquilas en la carretera del pasado, quedándose lejanas e inofensivas para el beneplácito de todos.
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