Abrirse camino al descubrimiento las verdad no resulta ser fácil. El ego es un animal reptil que necesita ser alimentado constantemente por estímulos externos, bien sea posesiones materiales, conquistas pasionales, posición social, sentido de pertenencia y no nombraré las otras porque ya es un cuento viejo. Para tal fin lanzamos pesados como fardos una serie de autoengaños sobre nosotros mismos, a tal punto que cuando a uno le preguntan ¿y quién es usted? se encuentra tan condicionado que no puede responder esa pregunta sin pensar en su oficio, apellido, la universidad de dónde salió o si es amigo de fulano de tal. Y peor todavía, los jueces internos no dan espera a la condena del autoflagelo si no estamos a la altura de esos convencionalismos plásticos. Es cierto que esas ambiciones hace parte del imaginario colectivo, pero si uno se diera el espacio para apartarse del deseo y quitarse el peso de esos fardos, ¿qué quedaría de uno si respondiera la pregunta en cuestión para sí mismo? ¿Las buenas acciones? ¿Las personas que le marcaron la vida? ¿Las verdades difíciles de engolir? ¿La peor cosa que le hemos hecho a alguien? ¿Las personas a quienes hemos amado? ¿La mentira de la felicidad efímera? Tal vez las buenas acciones solo sean un disfraz de caridad dentro de una estructura vertical de poder que disfrutamos en ejercer sobre quienes percibimos como débiles o incapaces. Quizás las personas que le marcan la vida a uno sean tan irrelevantes o lejanas pues jamás pudieron dimensionar su efecto en nosotros porque no buscaron hacerlo (sea para bien o para mal). De pronto las verdades difíciles las guardemos en el inconsciente para accionarlas en momento más conveniente o defendernos del temor de una amenaza fulminante y, por ventura, expongamos la peor cosa que le hemos a otro como un bastión impenetrable de orgullo, cuando más bien es un grito de auxilio buscando escape frente a la cárcel de cualquier remordimiento excedente (o sencillamente para salvarnos del pensamiento de que no somos más que la basura). Y de las personas a quienes hemos amado, puede que no sepan entenderlo o por lo menos aceptar ese preciado tesoro que viene de nos. Entonces si no es lo anterior, ¿qué es lo que queda de uno para poderse palpar en la esencia más profunda? De repente si logramos ese desprender del ego, los actos de bondad nacieran de la empatía genuina, las personas que nos marcan la vida para bien habitaran en nuestra alma sin que lo supieran y sin esperar nada de ellas, las verdades difíciles de digerir fuesen un recordatorio de eso que nos hace más imperfectos y humanos, lo que nos resolvería el perdonarnos por las cagadas que, con sevicia o sin ella, le hacemos a los demás para ser uno y conectar en el océano del a-mar trascendentental.
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